Es «imposible» que un Papa se vuelva hereje
Primera opinión: Dios nunca permitirá
que el Papa caiga en la herejía
Fuente principal: «La Nueva Misa de Pablo VI:
¿qué pensar?»
del Prof. Arnaldo Vidigal Xavier da Silveira
Índice
- Introducción
- Argumentos del Cardenal Billot
- Matices dentro de esta primera opinión
- Argumentos contrarios a esta primera opinión
4.1. Sagrada Escritura
4.2. Tradición
4.2.a. Documentos relativos al Papa Honorio
4.2.b. Durante el pontificado de Pascual II (1099-1118)
4.2.c. De Graciano a nuestros días
- Respuesta de los defensores de esta opinión
- Una opinión simplemente probable
- Introducción:
Adoptaremos la clasificación presentada por san Roberto Belarmino sobre el tema de un papa hereje («De Romano Pontifice»). He aquí la primera opinión.
Los defensores de esta primera opinión estiman, sobre la base de argumentos racionales así como de las Escrituras y de la Tradición, que Nuestro Señor nunca permitirá que ningún sucesor de san Pedro venga a perder la fe.
El primer defensor de esta opinión parece haber sido Albert Pighius, un teólogo neerlandés del siglo XVI, en su obra Hierarchiae Ecclesiasticae Assertio.
Desde entonces, numerosos autores han adoptado la afirmación o simplemente la posibilidad de esta posición. Los más significativos entre ellos, por la autoridad de que gozan y por la atención que consagran a la cuestión, son: Suárez, san Roberto Belarmino, el cardenal Billot y el canonista francés del siglo XIX, D. Bouix.
- Veamos cómo el Cardenal Billot defiende su posición:
«Admitiendo la hipótesis de que el Papa se haya vuelto notoriamente hereje, es necesario conceder, sin vacilación, que perdería ipso facto el poder pontificio, puesto que se habría, por su propia voluntad, colocado fuera del cuerpo de la Iglesia, al volverse incrédulo (…)
«He dicho: “admitiendo la hipótesis”. Pero parece de lejos más probable que esta hipótesis sea una simple hipótesis, nunca reducible al acto, en virtud de lo que dice san Lucas (22, 32):
«He rogado por ti para que tu fe no desfallezca, y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos».
«Que esto deba entenderse de san Pedro y de todos sus sucesores, es lo que atestigua la voz de la Tradición, y lo que demostraremos ex professo más tarde, al tratar del magisterio infalible del Pontífice romano. Por el momento, lo consideraremos como absolutamente cierto.
«Ahora bien, aunque estas palabras del Evangelio se refieran principalmente al Pontífice en cuanto persona pública que enseña ex cathedra, es necesario afirmar que se extienden, por una cierta necesidad, también a la persona privada del Pontífice en lo que concierne a su preservación de la herejía. En efecto, al Pontífice se le ha dado la función ordinaria de confirmar a los demás en la fe. Por esta razón, Cristo –que, a causa de su dignidad, se entiende en todo– pide para él el don de una fe indefectible. Pero ¿en favor de quién, pregunto, se hace esta oración? ¿De una persona abstracta y metafísica, o más bien de una persona real y viva, a quien incumbe confirmar a los demás? ¿O tal vez se llamará indefectible en la fe a aquel que no puede errar al establecer lo que los demás deben creer, pero que personalmente puede naufragar en la fe?
«Y –obsérvese– incluso si el Pontífice, cayendo en una herejía notoria, perdiera ipso facto el pontificado, caería sin embargo lógicamente en la herejía antes de perder su cargo; siendo esto así, la defectibilidad en la fe coexistiría con el deber de confirmar a sus hermanos, lo que la promesa de Cristo parece excluir de manera absoluta.
«Más aún: si, considerando la providencia de Dios, no puede suceder que el Pontífice caiga en una herejía oculta o simplemente interna, porque eso acarrearía males concomitantes mucho peores. Ahora bien, el orden establecido por Dios exige absolutamente que, en cuanto persona privada, el Sumo Pontífice no pueda ser hereje, incluso perdiendo la fe solamente en el fuero interno.
«Pues –escribe san Roberto Belarmino (De Romano Pontifice, lib. IV, c. 6)– el Pontífice no sólo no debe ni puede predicar la herejía, sino que también debe siempre enseñar la verdad, y sin duda lo hará, dado que Nuestro Señor le ha ordenado confirmar a sus hermanos. Pero ¿cómo, pregunto, un Pontífice hereje confirmará a sus hermanos en la fe y predicará siempre la verdadera fe? Dios puede, sin duda, arrancar de un corazón hereje una confesión de la verdadera fe, como antaño hizo hablar a la burra de Balaam. Pero eso sería más bien violento y nada conforme al modo de actuar de la Providencia divina, que dispone todas las cosas con dulzura».
«Finalmente, si la hipótesis de un Papa vuelto notoriamente hereje se volviera realidad, la Iglesia sería sumergida en tales y tan numerosas aflicciones que ya se puede percibir a priori que Dios nunca lo permitiría.»
- Matices dentro de esta primera opinión
Entre las posiciones adoptadas por los defensores de esta primera opinión, existen ciertos matices que conviene poner de relieve.
– Hay quienes piensan que esta opinión constituye una verdad de fe. Tal era, por ejemplo, el punto de vista de Matthaeucci, un teólogo franciscano fallecido en 1722.
– Otros autores, entre los cuales el cardenal Billot, que citamos más arriba, no piensan que esta opinión constituya una verdad de fe, sino que la clasifican como de lejos la más probable, disminuyendo la probabilidad de las opiniones opuestas.
– Otros, finalmente, defienden esta posición de manera aún menos rígida. Es el caso de Suárez y de san Roberto Belarmino. No les parece que el pasaje de san Lucas (22, 32) sea decisivo, aunque estiman que ciertos documentos de la Tradición, que admiten la hipótesis de un Papa hereje, tienen un valor superior al que les atribuye, por ejemplo, el cardenal Billot.
Podemos ver que incluso el tono de la argumentación de Suárez difiere del que podemos notar en el pasaje citado del cardenal Billot:
«Aunque muchos puedan sostener, con verosimilitud, que el Papa puede caer en la herejía, me parece sin embargo, en pocas palabras, más piadoso y más probable afirmar que el Papa, en cuanto persona privada, puede errar por ignorancia pero no de manera contumaz. Pues, aunque Dios pueda impedir que un Papa hereje cause daños a la Iglesia, el modo más dulce de actuar de la Providencia sería que, habiendo prometido que el Papa nunca erraría al definir, Dios, por consiguiente, proveería a que nunca se volviera hereje. Además, es necesario considerar que lo que hasta ahora nunca ha sucedido en la Iglesia, por el orden y la providencia de Dios, no puede suceder.»
- Argumentos contrarios a esta opinión
Contra esta primera opinión, se puede objetar, por una parte, que el pasaje citado de san Lucas (22, 32) se aplica generalmente sólo a las enseñanzas pontificias que implican la infalibilidad; y, por otra parte, que existen numerosos testimonios de la Tradición en favor de la posibilidad de una herejía en la persona del Papa.
4.1. Sagrada Escritura
En cuanto al sentido exacto del texto de san Lucas, numerosos teólogos sostienen en efecto que, para el cumplimiento de la promesa de Nuestro Señor, basta que no haya errores en los documentos infalibles. Así, concluyen que no hay razón suficiente para juzgar que «la confirmación de los hermanos» postule también la indefectibilidad de la fe del Papa en cuanto persona privada.
Nota de la redacción:
Nuestro Señor rogó para que san Pedro no desfalleciera en la fe. El Concilio Vaticano I enseña que esta promesa fundamenta la asistencia divina concedida al magisterio pontificio cuando cumple las condiciones de la infalibilidad.
Conviene además notar que el concilio Vaticano I, al definir con precisión la infalibilidad pontificia (Pastor Aeternus, cap. IV; Denz.-Sch. 3073-3075), nunca definió que sería absolutamente imposible que un Papa, considerado como persona privada, cayera en la herejía. Si los Padres del Concilio hubieran estimado esta doctrina revelada o teológicamente cierta, naturalmente habrían aprovechado esta definición para proclamarla. Su silencio muestra por el contrario que esta cuestión permanecía libremente disputada entre los teólogos católicos.
Veamos, por ejemplo, cómo Palmieri expone este argumento:
«(…) no es necesario que la fe indefectible sea en realidad distinta de la confirmación de los hermanos, sino que basta que sea distinguida por la razón. Pues si la predicación auténtica y solemne de la fe es infalible, puede confirmar a los hermanos; por esta razón, la fe infalible y la que confirma son una y la misma; siendo infalible, goza también del poder de confirmar a los hermanos. La indefectibilidad del Pontífice en la fe fue pedida para que pudiera confirmar a sus hermanos; por consiguiente, de las palabras de Cristo no se puede inferir como necesario que la indefectibilidad que es indispensable y suficiente para alcanzar este objetivo; y tal es la infalibilidad de la predicación auténtica.»
4.2. Tradición
Indicamos aquí algunos documentos de la Tradición que admiten la posibilidad de que el Papa caiga en la herejía.
4.2.a. Documentos relativos al Papa Honorio
No existen pruebas históricas que permitan afirmar que el Papa Honorio I haya sido hereje; es sin embargo cierto que sus cartas al Patriarca Sergio favorecían la herejía monotelita, según la cual no hay más que una sola voluntad (física) en Nuestro Señor Jesucristo: su voluntad divina. La voluntad siendo una facultad propia del alma racional, negar la voluntad humana equivale a negar la existencia de un alma humana verdadera en Cristo. Es una variante del arrianismo.
Puesto que se trata del favoritismo de la herejía por un Papa, y no de la herejía como tal, el caso de Honorio no se refiere directamente a nuestro tema. En efecto el papa Honorio al aceptar la fórmula «no hay más que una sola voluntad en Nuestro Señor Jesucristo» quiso decir que Él no tenía más que una sola voluntad moral, su voluntad humana siempre sometida y en unísono con su divina. Pero esta distinción tan importante era omitida en su formulación vaga: «no hay más que una sola voluntad en Nuestro Señor» para no causar olas esperando que la herejía se extinguiera sola con el paso del tiempo, temiendo que condenaciones demasiado severas provocaran nuevas persecuciones. Pero no, por el contrario los monotelitas explotaron esta ambigüedad, para difundir su error en el imperio abusando del texto papal que parecía avalar su error. El papa había tomado una mala decisión y por la ambigüedad de su formulación había favorecido la herejía.
Sin embargo, es importante para nosotros observar que este caso, quizá más que otros casos análogos registrados por la historia, proporcionó una ocasión a los Papas, a los Concilios, a los Santos, a los obispos y a los teólogos para manifestar su convicción de que la hipótesis de un Papa hereje no era teológicamente absurda, pero examinaron bien la formulación del papa para verificar su ortodoxia o herejía eventual.
En efecto, presentamos a continuación documentos que admiten directamente la posibilidad de un Pontífice hereje, así como otros que no la admiten más que indirectamente. En este segundo grupo se encuentran, por ejemplo, los documentos que muestran que la ortodoxia del Papa fue positivamente sospechada. Como es evidente, tal sospecha sería vana y absurda para quien creyera imposible la defección del Pontífice romano en la fe. Las acusaciones de favoritismo de la herejía están también incluidas en este segundo grupo, cuando, por los términos en que están formuladas o por otras circunstancias, se vuelve probable que en realidad había al menos una sospecha positiva de que el Papa era hereje.
El III Concilio de Constantinopla, el VI ecuménico, declara que analizó las epístolas dogmáticas del Patriarca Sergio, así como una carta escrita por Honorio I al mismo patriarca.
Y continúa: «habiendo verificado que están en total contradicción con los dogmas apostólicos y las definiciones de los santos Concilios, y de todos los Padres dignos de aprobación, y que por el contrario siguen las falsas doctrinas de los herejes, las rechazamos absolutamente y las execramos como nocivas para las almas».
Después de haber anatematizado a los principales heresiarcas monotelitas, el Concilio condena a Honorio:
«Juzgamos que, con ellos, Honorio, antaño Papa de Roma, ha sido expulsado de la Santa y Católica Iglesia de Dios y anatematizado, pues hemos verificado por su escrito enviado a Sergio que siguió el pensamiento de éste en todo y confirmó sus principios impíos».
Al condenar a Honorio como favorecedor de la herejía, el Papa san León II (+683) escribió:
«Anatematizamos también a los inventores del nuevo error: Teodoro, obispo de Farán, Ciro de Alejandría, Sergio, Pirro (…) y también a Honorio, que no iluminó esta Iglesia apostólica con la doctrina de la tradición apostólica, sino que permitió, por una traición sacrílega, que la fe inmaculada fuera manchada».
En una carta a los obispos de España, el mismo san León II declara que Honorio fue condenado porque «(…) no extinguió, como convenía a su autoridad apostólica, la llama naciente de la herejía, sino que la atizó por su negligencia».
Y en una carta a Ervigio, rey de España, san León II repite que, con los heresiarcas mencionados, fue condenado «(…) Honorio de Roma, que consintió que la fe inmaculada de la tradición apostólica que había recibido de sus predecesores fuera manchada».
También acerca del caso del Papa Honorio, R. Baeumer escribe:
«Posteriormente, esta condena (de Honorio, por el VI Concilio ecuménico) fue renovada por los Sínodos “in Trullo” de 692 (Mansi, 11, 938), por el séptimo Concilio general (Mansi, 13, 377) y por el octavo (Mansi, 16, 181). León II, que aceptó la decisión del sexto Concilio general, atenuó la culpa de Honorio (…). El relato de la condena de Honorio incluso entró en el Liber Diurnus. Cada Papa recién elegido debía condenar a los autores de la nueva herejía, “con Honorio, que favoreció sus errores”. El Liber Pontificalis y el Breviario romano mencionaban la condena, en el segundo nocturno de la fiesta del Papa san León II (…)».
Por consiguiente, la afirmación de V. Mondello, según la cual una tradición ya sólida en el siglo VIII decía que «un Papa hereje puede ser juzgado por un Concilio» tenía una base histórica completa.
Entre los documentos relativos al caso del Papa Honorio, quizá ninguno tiene tanta importancia para nuestro tema como el pasaje citado más abajo, extraído de un discurso del Papa Adriano II en el VIII Concilio ecuménico. Como veremos, cualquiera que sea el juicio emitido sobre el caso de Honorio I, tenemos aquí una declaración pontificia que admite la eventualidad de que un Papa caiga en la herejía. He aquí las palabras de Adriano II, pronunciadas en la segunda mitad del siglo IX, es decir, más de dos siglos después de la muerte de Honorio:
«Leemos que el Pontífice romano siempre ha juzgado a los jefes de todas las iglesias (es decir, los patriarcas y los obispos); pero no leemos que nadie lo haya juzgado jamás. Es verdad que después de su muerte, Honorio fue anatematizado por los Orientales; pero es necesario recordar que fue acusado de herejía, el único crimen que hace legítima la resistencia de los inferiores a los superiores, así como el rechazo de sus doctrinas perniciosas».
Para ser completo y justo es necesario aún notar que el Papa Honorio no fue acusado de herejía más que por un concilio (el III de Constantinopla) y solamente por su parte (de los actos del concilio) que no fue confirmada por un papa. Algunos papas, como San León II, por el contrario acusaron al papa Honorio solamente de favorecer la herejía (de “semi-herejía”, de sospechoso de herejía). Veremos (en el capítulo sobre la 5ª opinión de San Belarmino) que la papado se pierde solamente por una herejía pública. Por eso Honorio nunca fue considerado haber perdido su oficio de papa por herejía, aunque sea por tanto claramente condenado varias veces, por varios documentos pontificios y conciliares, por favoritismo de herejía (“semi-herejía”).
4.2.b. Durante el pontificado de Pascual II (1099-1118)
La cuestión de las investiduras sacudió de nuevo la cristiandad. El emperador Enrique V, teniendo prisionero al Papa, le extorsionó concesiones y promesas irreconciliables con la doctrina católica. Habiendo recobrado su libertad, Pascual II dudó largamente en retractar los actos que había realizado bajo coacción. A pesar de las admoniciones repetidas de los Santos, de los cardenales y de los obispos, su retractación y la excomunión esperada del emperador eran siempre aplazadas por él. Entonces comenzó a elevarse en toda la Iglesia un murmullo contra el Papa, calificándolo de sospechoso de herejía y adjurándolo a retractarse so pena de perder el pontificado.
Citamos aquí algunos hechos y documentos de la lucha que los Santos, los cardenales y los obispos llevaron contra Pascual II. Se verá así que la teología de la época admitía la hipótesis de un Papa hereje y juzgaba que, a causa de tal pecado, perdería el pontificado.
San Bruno, obispo de Segni y abad de Montecassino, estaba a la cabeza del movimiento opuesto a Pascual II en Italia. No poseemos ningún documento en el que haya declarado de manera indiscutible que juzgaba al Papa sospechoso de herejía. Sin embargo, es la acusación que sus cartas y sus actos insinuaban sin equívoco.
A Pascual II, le escribió: «(…) Os estimo como mi padre y señor (…). Debo amaros; sin embargo, debo amar aún más a Aquel que os creó y a mí. (…) No alabo el pacto (firmado por el Papa), tan horrible, tan violento, concluido tan traidoramente y tan contrario a toda piedad y religión. (…) Tenemos los Cánones; tenemos las constituciones de los Padres, desde la época de los Apóstoles hasta vosotros. (…) Los Apóstoles condenaron y expulsaron de la comunión de los fieles a todos aquellos que obtenían cargos en la Iglesia por el poder secular. (…) Esta determinación de los Apóstoles (…) es santa, es católica, y quien la contradijera no es católico. Pues sólo son católicos aquellos que no se oponen a la fe y a la doctrina de la Iglesia católica, y, por el contrario, son herejes aquellos que se oponen obstinadamente a la fe y a la doctrina de la Iglesia católica. (…)»
En otra carta, san Bruno subraya que no consideraba herejes más que a aquellos que niegan los principios católicos sobre la cuestión de las investiduras, y no a aquellos que, en el orden concreto, presionados por las circunstancias, actúan de una manera no conforme a la verdadera doctrina. Sin embargo, esta reserva no es suficiente para eximir a Pascual II de la sospecha de herejía, pues se negaba, incluso después de cesar la coacción, a corregir el mal hecho.
El Papa sabía muy bien que san Bruno no descartaba la hipótesis de declararlo depuesto, pues resolvió destituir al santo del cargo influyente de abad de Montecassino sobre la base de la siguiente alegación:
«Si no lo aparto del gobierno del monasterio, me quitará, con sus argumentos, el gobierno de la Iglesia».
Y cuando, finalmente, el Papa se retractó, ante el sínodo convocado en Roma para examinar la cuestión, san Bruno de Segni exclamó:
«¡Alabado sea Dios! Pues he aquí que el Papa mismo ha condenado este pretendido privilegio (de investidura por el poder temporal), que es herético».
Con esta frase, san Bruno dejó entrever públicamente, por primera vez, hasta qué punto sospechaba la ortodoxia de Pascual II. A esto, sus enemigos protestaron enérgicamente; el más eminente de entre ellos era el abad de Cluny, Juan de Gaeta, «que –leemos en Hefele-Leclercq– no quería permitir que el Papa fuera acusado de herejía».
San Bruno de Segni no era el único santo de la época que admitía la posibilidad de una herejía en Pascual II.
En 1112, el arzobispo Guido de Vienne, futuro Papa Calixto II, convocó un sínodo provincial, al que participaron, entre otros obispos, san Hugo de Grenoble y san Godofredo de Amiens. Con la aprobación de estos dos santos, el sínodo revocó los decretos extorsionados por el emperador al Papa y envió a este último una carta en la que leemos:
«Si, como absolutamente no esperamos, elegís otro camino y os negáis a confirmar las decisiones de nuestra autoridad, que Dios nos ayude, pues así nos separaríais de la obediencia hacia vosotros».
Estas palabras contienen una amenaza de ruptura con Pascual II, explicable únicamente por el hecho de que en el espíritu de los obispos reunidos en Vienne, tres nociones estaban unidas:
primero, estaban convencidos de que constituía una herejía negar la doctrina de la Iglesia sobre las investiduras;
segundo, sospechaban que el Papa había abrazado esta herejía;
y tercero, consideraban que un Papa, en la eventualidad de ser hereje, perdería su cargo, y por tanto ya no debía ser obedecido.
Esta interpretación se confirma, de manera que elimina toda duda, por las cartas escritas en esta ocasión por san Ivo de Chartres, a las que aludimos más adelante.
Después de haber relatado los acontecimientos del sínodo de Vienne, Hefele-Leclercq escribe:
«El resultado fue que, el 20 de octubre de ese mismo año, el Papa confirmó, en una breve carta y en términos vagos, las decisiones tomadas en Vienne, y alabó el celo de Guido. Fue el miedo a un cisma lo que condujo al Papa a adoptar esta actitud».
Para desacreditar este sínodo provincial de Vienne, se podría argüir que otro santo, el obispo Ivo de Chartres, se negó a participar en él, alegando que nadie podía juzgar al Papa.
No tenemos intención aquí de estudiar la historia del sínodo de Vienne. Lo citamos únicamente para mostrar que, en aquella época, dos santos y un futuro Papa adoptaron una actitud hacia Pascual II basada en los principios de que podía haber un Papa hereje, y que en tal caso, el Pontífice perdería su cargo. Por consiguiente, es sólo bajo este ángulo que analizaremos la posición de san Ivo de Chartres.
También estaba opuesto a las concesiones hechas por Pascual II al emperador. Decía que el Papa debía ser advertido y exhortado por los obispos para que reparara el mal hecho. Estaba sin embargo en desacuerdo con el sínodo de Vienne, pues no consideraba que la actitud del Papa en la cuestión de las investiduras implicara una herejía. Afirmaba, por consiguiente, que Pascual II no podía ser sometido al juicio de los hombres, cualquiera que fuera la gravedad de sus debilidades. Sin embargo, san Ivo reconocía explícitamente en su carta, que constituye para nosotros un testimonio importante sobre la posibilidad de la defección del Papa en la fe, que el Pontífice, en la eventualidad de ser hereje, perdería su cargo. He aquí sus palabras:
«(…) no queremos privar a las llaves principales de la Iglesia (es decir, al Papa) de su poder, cualquiera que sea la persona colocada en la Sede de Pedro, salvo si se aparta manifiestamente de la verdad evangélica».
Por consiguiente, la actitud adoptada por san Ivo de Chartres no es opuesta, desde el punto de vista que nos concierne en este momento, a la de san Godofredo de Amiens y de san Hugo de Grenoble, sino que, por el contrario, la corrobora.
4.2.c. De Graciano a nuestros días
En el Decretum de Graciano aparece el siguiente canon, atribuido a san Bonifacio el mártir:
«Que ningún mortal tenga la presunción de acusar al Papa de una falta, pues, estando encargado de juzgar a todos, no debe ser juzgado por nadie, salvo si se aparta de la fe».
En el Diccionario de Teología Católica, Dublanchy proporciona algunos datos expresivos sobre la influencia de este canon en la fijación del pensamiento medieval respecto a la cuestión de un Papa hereje:
«Se encuentra en el Decretum de Graciano esta afirmación atribuida a san Bonifacio, arzobispo de Maguncia, y ya citada como tal por el cardenal Deusdedit (+1087) y por san Ivo de Chartres, Decretum, V, 23 (…).
Después de Graciano, esta misma doctrina se encuentra incluso entre los partidarios más convencidos de los privilegios pontificios. Inocencio III hace referencia a ella en uno de sus sermones. (…) En general, los grandes teólogos escolásticos no prestaron atención a esta hipótesis; pero los canonistas de los siglos XII y XIII conocen y comentan el texto de Graciano. Todos admitían sin dificultad que el Papa podía caer en la herejía, como en cualquier otra falta grave; sólo se preocupaban de investigar por qué y en qué condiciones podría, en este caso, ser juzgado por la Iglesia».
Un extracto de un sermón del Papa Inocencio III:
«La fe me es necesaria hasta tal punto que, teniendo a Dios como único juez para todos los demás pecados, podría sin embargo ser juzgado por la Iglesia por los pecados que pudiera cometer en materia de fe».
Se comprende entonces hasta qué punto V. Mondello tenía razón al escribir:
«Muchos en la Edad Media admitían que un Papa hereje podía ser juzgado por un Concilio; podemos llegar a decir que era una doctrina muy corriente en aquella época, incluso entre los defensores más convencidos del Papa».
Para mostrar que la Tradición proporciona razones de peso contra la primera opinión enumerada por san Roberto Belarmino –según la cual un Papa no podría volverse hereje– estimamos que no es necesario aquí extender nuestra investigación a los siglos posteriores. En efecto, en los capítulos siguientes citaremos numerosos documentos de los seis últimos siglos, de modo que sería superfluo indicarlos desde ahora.
- La respuesta de los defensores de esta opinión
¿De qué razones se sirven los partidarios de esta primera opinión para oponerse a tales testimonios de la Tradición, y a tantos otros que podrían invocarse?
Algunos de estos autores, como san Roberto Belarmino y Suárez, reconocen que tales documentos debilitan la tesis de la imposibilidad de un Papa hereje.
Sin embargo, hay quienes intentan contestar el valor de estos documentos. Es el caso, por ejemplo, del cardenal Billot. Sostiene que la alocución de Adriano II no prueba nada, en la medida en que el Papa Honorio no era en realidad hereje; contesta la autenticidad del canon Si Papa de Graciano; no ve en las palabras de Inocencio III más que una hipérbole oratoria.
Sea como fuere, sin embargo, el cardenal Billot no negó –y no hubiera podido negar– que la Iglesia siempre ha dejado abierta la cuestión de la posibilidad de una herejía en la persona del Papa. Ahora bien, este hecho, por sí solo, constituye un argumento de peso en la evaluación de la Tradición. Es lo que san Roberto Belarmino pone de relieve en el pasaje siguiente, en el que refuta, tres siglos por adelantado, a su futuro hermano en el cardenalato y en la gloriosa milicia ignaciana:
«Sobre este tema, es necesario notar que, aunque es probable que Honorio no haya sido hereje, y que el Papa Adriano II, engañado por documentos falsificados del VI Concilio, haya errado al juzgar a Honorio como hereje, no podemos sin embargo negar que Adriano, con el Sínodo romano y también con todo el VIII Concilio general, era de la opinión de que, en caso de herejía, el Pontífice romano puede ser juzgado».
- Una opinión simplemente probable
Como ya hemos observado en breves notas, en general, los partidarios de esta primera opinión no vacilan en estudiar qué procedimiento debe adoptarse en el caso de que el Papa cayera en la herejía. Actúan así porque no consideran su posición como absolutamente cierta, pero reconocen que las otras opiniones gozan al menos de una probabilidad extrínseca. Esto explica el hecho, a primera vista extraño, de que los partidarios de esta opinión sean a menudo también indicados como partidarios de otras opiniones.
He aquí cómo Suárez expresa su pensamiento sobre este tema:
«Parece conforme a la dulce Providencia de Dios no permitir jamás a aquel a quien nunca le es permitido enseñar el error que erre en la fe. Por consiguiente, se dice que estas dos promesas están incluidas en estas palabras: “He rogado por ti, Pedro, para que tu fe no desfallezca”.
Puesto que, sin embargo, esta opinión no es generalmente aceptada y puesto que los Concilios generales a veces han admitido la hipótesis en discusión (de la herejía en el Papa), suponiendo que sea al menos posible, es necesario decir que, si se vuelve hereje, el Papa no caería ipso facto de su dignidad, por razón de la pérdida de la fe, sino (… etc.)».
Es particularmente significativo que Suárez, sin embargo uno de los principales defensores de esta primera opinión, la califique solamente de “más piadosa y más probable” (pius et probabilior), sin nunca atribuirle una certeza teológica. Tal calificación muestra que reconoce implícitamente que las opiniones adversas conservan una verdadera probabilidad teológica y que no pueden ser descartadas como contrarias a la fe.
Y san Roberto Belarmino escribe:
«(…) hay cinco opiniones sobre esta cuestión. La primera es la de Albert Pighius (Hierarch. Eccles., lib. 4, cap. 8), para quien el Papa no puede ser hereje y por tanto no puede ser depuesto en ningún caso. Esta opinión es probable y puede defenderse fácilmente, como mostraremos más tarde en su lugar. Puesto que, sin embargo, no es cierta, y puesto que LA OPINIÓN COMÚN ES LA OPUESTA, es útil examinar qué solución debería darse a esta cuestión, en la hipótesis en que el Papa pudiera ser hereje».
Esta observación de san Roberto Belarmino posee una gran importancia teológica. En efecto, cuando afirma que “la opinión común es la opuesta”, constata un hecho doctrinal de su época: la mayoría de los teólogos católicos admitía al menos como posible la hipótesis de un Papa cayendo en la herejía. Desde entonces, la primera opinión, incluso defendida por autores de primer orden como Pighius, Suárez o Billot, no podría presentarse como una doctrina cierta de la Iglesia. Permanece una opinión teológica probable, pero no definida, puesto que es expresamente reconocida como contradicha por la opinión común de los doctores.
Sobre el mismo tema, el pasaje siguiente, de un eminente teólogo contemporáneo, el padre jesuita español Joaquín Salaverri, es también esclarecedor:
«¿Puede el Papa, en cuanto persona privada, caer en la herejía? Los teólogos disputan sobre esta cuestión. Para emplear las palabras de Suárez, “parece más piadoso y más probable” admitir que Dios cuidará, por su Providencia, “que un Papa nunca sea hereje”. Por esta opinión, sostenida por san Roberto Belarmino y Suárez, fue también alabada en el Concilio Vaticano I por el obispo Zinelli, orador de la fe, en estos términos:
“Confiamos en la Providencia sobrenatural, juzgamos que es completamente probable que esto nunca sucederá. Pero Dios no falta en las cosas necesarias; por consiguiente, si permite un mal tan grande, no faltarán los medios para remediarlo” (Conc. Vatic., Mansi 52, 1109)».
En definitiva, los principales defensores de esta primera opinión reconocen ellos mismos que no está demostrada de manera apodíctica. Belarmino la califica de “probable”, Suárez de “más probable”, Billot de “muy probable”. Ninguno de ellos osa presentarla como una doctrina definida por la Iglesia. Esta convergencia es altamente significativa: si los más grandes defensores de esta opinión se niegan ellos mismos a atribuirle una certeza teológica, sería metodológicamente injustificable presentarla hoy como una verdad cierta o menos aún como un dogma. La cuestión permanece pues abierta a otra solución.
Notas:
[1] Como es evidente, no discutimos aquí la posibilidad de que el Papa esté en herejía material. Nadie niega que, por error o por inadvertencia, el Sumo Pontífice pueda caer en una herejía material, en cuanto persona privada. En cuanto a la posibilidad equivalente tocante a los documentos oficiales pero no infalibles, véase pp. 195 y siguientes.
[2] Lib. IV, C. VIII, Colonia, 1538, fol. CXXXI ss., citado por Dublanchy, artículo «Infaillibilité du Pape», en Dict. de Théol. Cath., col. 1715.
[3] Véase pp. 147-148, 154-155.
[4] Véase pp. 147, 155.
[5] Texto que citamos a continuación.
[6] Véase pp. 158-160.
[7] Nótese que el cardenal Billot no califica de «absolutamente cierta» la idea de que el Papa no puede volverse hereje, sino que afirma que el pasaje de las Escrituras al que se hace alusión se refiere a san Pedro y a sus sucesores –lo que ningún autor católico puede negar, cualquiera que sea el sentido exacto de la promesa hecha aquí por Nuestro Señor.
[8] En general, los autores no admiten que el pasaje del Evangelio citado deba necesariamente aplicarse a la persona del Papa en sus declaraciones que no son ex cathedra. Es lo que mostramos más adelante (p. 148) citando a Palmieri, Van Laak, Straub, Dublanchy.
[9] Por las razones expuestas más adelante (en particular las mencionadas en las páginas 148 y siguientes, así como en la página 172), no nos parece que el argumento presentado aquí por san Roberto Belarmino o por el cardenal Billot demuestre la tesis que sostienen como la más probable. Permanece sin embargo en este argumento un fondo innegablemente verdadero: la Providencia no podría permitir que la adhesión del Papa a la herejía sea algo frecuente y, por así decirlo, habitual. Por el contrario, tal cosa no podría admitirse más que como excepcional, caracterizando una de las pruebas más dramáticas y profundas a las que la Iglesia militante pueda ser sometida.
Al tomar el ejemplo mismo de la mula de Balaam dado por san Roberto Belarmino y por otros partidarios de esta primera opinión, diríamos que la Providencia no tendría que permitir que las mulas hablen normalmente y frecuentemente, sino que una sola mula, la de Balaam, habló.
[10] Billot, Tractatus de Ecclesia Christi, 1909, tomus I, pp. 609-610.
Este último argumento presentado por el cardenal Billot no nos parece tampoco concluyente. ¿Nuestro Señor, que permitió que la malicia de los hombres atentara contra su propia Persona, hasta el punto de conducirlo a morir en la cruz, no podría permitir que la ingratitud y la malicia de los hombres sometan a la Santa Iglesia a una nueva Vía Crucis? Que tal cosa pueda suceder sin romper la promesa de la asistencia divina es evidente y fue incluso prefigurado en el hecho de que ningún hueso del cuerpo sagrado de nuestro Redentor fue roto durante la Pasión.
[11] Véase Ferraris, Prompta Bibliotheca, artículo «Papa», col. 1843, n° 65; col. 1845.
Este pasaje de Ferraris es reproducido por Bouix, Tractatus de Papa, tom. II, p. 658. La afirmación citada de Matthaeuccius se encuentra en su obra Controversiarum VII, Cap. I, n° 7.
[12] Sobre este punto, Suárez hace referencia a san Roberto Belarmino, De Summo Pontifice, lib. 4, cap. 7.
[13] Suarez, De Fide, disp. X, sect. VI, n. 11, p. 319. – No nos parece tampoco que este último argumento avanzado por Suárez sea decisivo. Por ejemplo, para el fin del mundo, Nuestro Señor profetizó acontecimientos terribles (véase Mateo 24, 1-41; Marcos 13, 1-31; Lucas 21, 5-33), que, bajo muchos aspectos, no habrán tenido precedentes en toda la Historia.
[14] Los autores siguientes se pronuncian en el mismo sentido: Van Laak, Inst. Theol. Fund., Repert. I, pp. 508-509; Straub, De Eccl. Christ., II, n. 1068, pp. 479-480 (citado por Van Laak, op. cit., pp. 508-509); Dublanchy, Dictionnaire de Théologie Catholique, artículo «Infaillibilité du Pape», col. 1717.
[15] Palmieri, Tract. De Romano Pontifice, pp. 631-632.
[16] Denz.-Sch. 550.
[17] Denz.-Sch. 551.
[18] Denz.-Sch. 552 – los términos de esta condena autorizan a concluir que el Concilio había anatematizado a Honorio como hereje. Pero no es el sentido generalmente atribuido al documento. Además, el Papa san León II, que aprobó el III Concilio de Constantinopla, en otros escritos, condenó a Honorio únicamente como favorecedor de la herejía (presentamos a continuación estas declaraciones de san León II para completar la documentación sobre este punto).
[19] Denz.-Sch. 563.
[20] Denz.-Sch. 561.
[21] Denz.-Sch. 561.
[22] H. Baeumer, artículo «Honorius Ier» en Lexikon für Theologie und Kirche, 1961 – citado por Hans Küng, Structures…, páginas 304-305.
[23] V. Mondello, La Dottrina del Caeteno …, p. 25; véase también p. 164 – El autor reproduce, sobre estos temas, la afirmación hecha por V. Martin en su obra, Les Origines du Gallicanisme, tomo II, cap. I, pp. 12-13. Como es evidente, el término «juzgado» no indica necesariamente, en este pasaje de V. Mondello, que un Concilio pudiera emitir un verdadero «juicio» sobre un Papa. Pero en el contexto, el término significa, según los autores tradicionales, que un Concilio puede pronunciar un juicio sobre alguien que era Papa y ha dejado de serlo porque cayó en la herejía. – Explicamos este problema con más detalle en las páginas 161 (nota 1) y 175 (punto 5 y nota 7).
[24] En la página 154, un comentario en este sentido de san Roberto Belarmino ha sido citado, concerniente al texto mencionado aquí.
[25] Adriano II, allocutio III, leída en el concilio VIII, acto 7, citado por Billot, Tractatus De Ecclesia Christi, tomo I, p. 611 – Véase también Hefele-Leclercq, tomo V, pp. 471-472.
[26] En este caso, como en el del Papa Honorio, nuestro objetivo no es tomar posición respecto a una cuestión histórica. Deseamos únicamente mostrar que teólogos de autoridad han admitido la posibilidad de la herejía en la persona del Sumo Pontífice.
[27] Carta de san Bruno de Segni a Pascual II, escrita en 1111 – Patrologia Latina, tomo 163, columna 463. Véase también Baronius, Annales, año 1111, n° 30, p. 228; Hefele-Leclercq, tomo V, parte I, p. 530.
[28] Carta a los obispos y cardenales: Patrologia Latina, tomo 165, columna 1139. Véase también la carta de san Bruno al obispo de Porto: Patrologia Latina, tomo 165, columna 1139, citada también por Baronius, Annales, año 1111, n° 31, p. 228.
[29] Citado por Baronius, Annales, año 1111, n° 32, p. 228. Véase también: Hefele-Leclercq, tomo V, parte I, p. 530; Rohrbacher, Histoire universelle de l’Église catholique, tomo XV, p. 130.
[30] Citado por Hefele-Leclercq, tomo V, parte I, p. 555.
[31] Hefele-Leclercq, tomo V, parte I, p. 555.
[32] Citado por Bouix, Tract. de Papa, tom. II, p. 650. – Véase también: Hefele-Leclercq, tom. V, part. I, p. 536; Rohrbacher, Hist. Univ. de L’Église Cath., tom. XV, p. 61.
[33] Godofredo, abad-cardenal de Vendôme, expresó las mismas opiniones: véase Rohrbacher, Hist. Univ. de L’Égl. Cath., tomo XV, pp. 63-64.
[34] Hefele-Leclercq, tom. V, part. I, pp. 536-537.
[35] Véase: Bouix, Tract. de Papa, tom. II, pp. 650-651; Rohrbacher, Hist. Univ. de L’Église Cath., tomo XV, pp. 61-63. San Ivo de Chartres, que tomó esta decisión con otros obispos, explica su actitud en una carta dirigida al arzobispo de Lyon (P. L., 162, 238 sq.).
[36] Parece que esta disputa, que dividió incluso a los santos que se opusieron a Pascual II, tuvo por origen una cierta confusión que persistía concerniente al concepto de hereje. Algunos decían que, puesto que el Papa no había afirmado la herejía, no era hereje. Otros sostenían que habiendo actuado de una manera contraria a un dogma definido, era hereje. La teología posterior aclaró mejor el principio según el cual es posible caer en la herejía no sólo negando explícitamente un dogma, sino también por actos que revelan de manera no equívoca un espíritu herético (hemos desarrollado este tema en el artículo «Les actes, gestes, attitudes et omissions peuvent révéler un hérétique», en Catholicismo, n° 204, diciembre 1967). Por consiguiente, San Ivo tenía razón al sostener que el simple hecho de actuar de una manera opuesta a un dogma no había hecho de Pascual II un hereje. Pero, en sus escritos, no se ve que haya considerado el otro aspecto de la cuestión: actuar continuamente de una manera contraria a un dogma puede bastar para revelar a un hereje. Por su parte, los obispos reunidos en Vienne tenían razón cuando decían que es posible caer en la herejía no sólo por palabras, sino también por actos; pero no es cierto que hayan tenido en cuenta que tales actos revelan a un hereje solamente cuando manifiestan, en todas las circunstancias consideradas, un espíritu herético de manera no equívoca. Una simple pusilanimidad, por ejemplo, incluso prolongada, no constituye una herejía. Ese debe haber sido, como admiten generalmente los historiadores, el caso de Pascual II.
[37] P. L., tom. 162, col. 240.
[38] El Decretum atribuido a san Ivo de Chartres contiene también una referencia a la posibilidad de un Papa hereje, como indicamos en esta misma página. No le damos una importancia particular porque su autoridad es hoy puesta en duda. Es sin embargo innegable que este decreto recibe un reconocimiento no negligible como expresión del pensamiento medieval.
[39] Pars I, dist. 40, cap. 6, Canon «Si Papa», – El Decretum de Graciano fue compuesto en la primera mitad del siglo XII, probablemente hacia el año 1140.
[40] Dublanchy, artículo «Infaillibilité du Pape», en Dict. de Théol. Cath., cols. 1714-1715. – Otro canon de Graciano es también interpretado, por autores como Cayetano (De Comparatione …, p. 170) y Suárez (De Fide, disp. X, cap. VI, n. 15, p. 320), en el sentido de que un Papa declarado hereje sería privado de su cargo. Se trata del capítulo Oves (C. 13, c. 2, q. 7), atribuido al Papa san Eusebio (este canon sería del pseudo-Isidoro, según lo que concluye Bernardi, Gratian. Canon. Geniun., pars II, tom. II, cap. 29, p. 138, citado por Phillips, Du Droit Eccl., vol. I, pp. 179-180).
[41] Citado por Billot, Tract. de Eccl. Christi, tom. I, p. 610. Véase también Sermo IV in cons. Pont., P. L., 217, 670. Aunque tales declaraciones evidentemente no son definiciones de fe, tienen sin embargo una gran autoridad, viniendo de un Papa que era un defensor intransigente e intrépido de las prerrogativas pontificias.
[42] Para la aceptación no conciliarista del término «juzgado», en este contexto, véase nota 2 de la página 150.
[43] V. Mondello, La Dottrina del Gaetano…, p. 25.
[44] Tractatus de Ecclesia Christi, tomo I, pp. 610-612. Véase también: Bouix, Tractatus de Papa, tomo II, pp. 658-659; Phillips, Du Droit Ecclésiastique, volumen I, pp. 179-180.
[45] San Roberto Belarmino, De Romano Pontifice, libro II, capítulo 30, p. 418.
[46] Véase la nota relativa al esquema sinóptico de la página 145, así como la nota 6 de la página 146.
[47] Suarez, De Legibus, lib. IV, cap. 7, n 10, p. 361. – En lo que sigue, Suárez defiende su opinión (véase páginas 161 ff.).
[48] San Roberto Belarmino, De Romano Pontifice, lib. II, cap. 30, p. 418. Las mayúsculas son nuestras.
[49] Salaverri, De Eccl. Christi, p. 718.